Al sur de la frontera

Andrés no te volverá a responder. Su cuerpo no resistió a la terrible enfermedad que lo aquejaba durante el último tiempo”. 

Esas fueron las palabras de Luis, padre de mi amigo Andrés Lewin. El silencio me invadió. No se bien que respondí. Lo que era el festejo por la comunión de mi ahijada se convirtió en una dolorosa tarde de septiembre.

No sabía que Andrés había estado enfermo. Mi último mensaje fue por su cumpleaños en agosto y no tuve respuesta; me llamó la atención, pero, con el vértigo en el que vivimos, pensé que sólo se le había pasado por alto. 

Conocí a Andrés gracias al camino. En el año 2008 salí a la ruta (otra vez) y llegué a Cafayate, en la provincia de Salta. Compartimos una noche de peña y a los pocos días nos volvimos a encontrar en Cachi. Ese segundo encuentro coincidía con mi primer paso por Cachi, el pueblo que después se convertiría en mi casa.

Hacerse amigo de Andrés no fue difícil. Nos unía el amor por los viajes, el arte y el fútbol. Era un alma sensible. Escribía poesía, relatos y no dejaba de recomendarme a Ryszard Kapuściński, el periodista y escritor polaco. 

Un año más tarde, Andrés presentó “El ruido de los ríos” y para la tapa de su primer libro usó una pintura con acrílicos que le hice sobre su paso por Perú. La imagen de la pintura proyectada detrás. El cuadro en un atril. El poeta hablando de la vida. Es una de las noches que siempre recordaré. 

Con el tiempo llegó a mi vida la fotografía y eso también nos unió. Andrés quería hacer fotos y me compró mi primera réflex Nikon y decir que algo le enseñé en nuestros encuentros en su casa del Abasto sobre el triángulo de exposición, sería una falta de respeto de mi parte. 

En el año 2015 el Norte Argentino nos volvió a convocar. Salí eyectado de Buenos Aires y, sin saberlo, comenzaba “Rituales Andinos en el Alto Valle Calchaquí”, ensayo que continúa a la fecha. Nos encontramos en Tilcara. Juntos fotografiamos a Haro Galli, un gran referente de la pintura y la cerámica en la Quebrada. También a la sabia y legendaria coplera Josefina de Aragón en Maimará. 

El andar nos llevó hasta Yavi, en la Puna jujeña. Allí conocimos a Doña Tina y Andrés escribió lo siguiente: 

“Tina es doña Tina, Constantina. Mujer de imponente sonrisa, mujer de ternura infinita.

Mujer cuidadora de la biblioteca popular de la comunidad de Yavi… que antes los chicos leían más, ahora menos, porque además somos menos en la comunidad desde que don Menem cerró el tren. Mujer de imponente sonrisa, mujer de ternura infinita. Tina, doña Tina.

Nos despedimos en La Quiaca. Andrés volvió a Buenos Aires. Por mi parte, confié en la improvisación: seguí viaje hacia Bolivia y Perú, donde me robaron la computadora y el disco externo con todo el material de meses. Después de superar el mal trago, regresé a Yavi y pude hacer de nuevo la foto de Doña Tina, gracias a su amabilidad.

Pasó un año más y Andrés escribió lo que podría llamarse mi “biografía”. Líneas que podes leer en la presentación de esta simple página. Siempre tuvo palabras cálidas y llenas de bondad hacia mi persona, como las que compartió junto a la fotografía que me tomó caminando por la inmensidad de la Puna: 

“Nicolás es fotógrafo, artista plástico. Entendedor de los colores de esta tierra. Conocedor de las miradas de los hombres y mujeres habitantes. Habitantes y humanos también.”

La repentina partida de Andrés me generó mucho dolor y angustia. Encontré cierta paz en sus libros, publicaciones y escritos. Y en mi archivo.

Sus fotografías, poemas y sensibilidad, sumada al material que fui generando durante aquel viaje y en años posteriores, me inspiraron para darle forma a “Al sur de la frontera”, un ensayo donde expreso mi respeto y admiración por esta tierra imponente que tanto me enseña con sus saberes ancestrales, silencios e historias. 

Gracias Andrés. Gracias por tu amistad. Gracias por tu cariño. Gracias por tu poesía.  Si algún día “Al sur de la frontera” se convierte en libro, será dedicado a tu memoria.

Te llevo conmigo siempre. Nunca te olvidaré.